MI PLANETA IMAGINARIO. PAISAJES DE AGOSTO
Cualquiera de nosotros podría pasar meses sin salir de su burbuja de ciudad. Nuestra isla urbana, efecto térmico incluido, nos tiene hiperprotegidos como a los niños prematuros en las incubadoras. Sin embargo, sus tentáculos invaden mucho más allá de lo que llamaríamos urbe. Y así, podemos escapar de vez en cuando a parajes que pensamos naturales y que no son más que un vaso de expansión en un depósito en el que aumenta y aumenta la presión.
Naturales no lo son nada, puesto que ahí hay más intervención humana que en la cara y en los cuerpos de los aspirantes a conocidos que vemos en nuestras televisiones (otros vasos de expansión mental). Lo que en otros lugares bien se denominan pulmones verdes, aquí, en la Castilla que habito, de verde no tienen nada. Y tienen mucho. Porque en Castilla, el paisaje necesita un pequeño libro de instrucciones.
Igual que el arte debe ser enseñado para comprenderlo, el paisaje castellano necesita algo de dedicación. A algunos quizá pueda costarles algo de tiempo (creo que yo tardé más de una década, casi dos), pero una vez que asimilas que te encuentras ante una obra humana de minimalismo radical, el disfrute puede llegar a ser mayor de lo previsto. Al igual que Castillas hay muchas, el tópico paisaje castellano son muchos paisajes al tiempo. Lo que un día de febrero es gris, casi árido, de repente explota en verde. Luego torna a un metalico que con el viento primaveral destella, y sin darte cuenta cambia al oro luminoso del calor del verano.
Todo esto hectárea a hectárea, cada una a su ritmo, y mezclados con rojos, amarillos y violetas de amapolas y otras flores que mi ignorancia urbanita denomina así: otras flores. Y lo que en mentes cerradas y vagas no es más que monotonía, para otros se convierte de golpe en un espectáculo que cada día da una nueva sorpresa.
Omaygad
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