Mi planeta imaginario. Sinsentido. 

 

Yo pensaba que poco a poco se iba aprendiendo a relativizar las cosas y a discernir qué es importante y qué no es en esta vida. Nunca entendí, ni quiero hacerlo, a la gente que se acelera por cosas que no tienen ninguna importancia. Segurísimo, que yo me aceleraré por otras diferentes, que aquí nadie se salva. 

 

Y esto no se cura con la edad. No hay más que ir al súper, y ver cómo se estresa, y te estresa, la señora yoyó que siempre te toca delante en la caja. Esa que no entendió que el proceso es llenar la cesta y luego ir a la caja, no al revés. Ella entra y en menos de dos minutos ya se ha puesto en la cola. Y se va a por un paquete de arroz, y a la cola, y a por unos tomates y a la cola de nuevo.  Esto de ser ejecutiva en Wall Street y tener que volver al trabajo antes de que por tu culpa quiebren un par de economías del Mediterráneo es lo que tiene. A ver bonita, si tu gran problema en este momento es que perderás dos minutos del reality de turno, disfruta de la vida ¡y relájate!

 

Supongo que esta gente es la misma que después va corriendo para ser los primeros de cualquier evento. No voy a negar que la velocidad con la que vivimos, lo cambiante y efímero de nuestro mundo, pueden hacer pensar que todo se vendrá abajo mañana, pero ¿qué beneficio saca la gente a apelotonarse en pleno invierno para la preinauguración de la tienda sueca de muebles? Yo tengo la extraña sensación de que la empresa quiere tenerlo muchos años abierto. Son rumores no confirmados, pero no se estresen.

 

En cierta manera este hecho me alegra. Guardo la esperanza de que, de repente, todos hayan sentido la necesidad de eliminar de sus vidas el mobiliario rancio y de gusto dudoso que acampa a sus anchas por las casas. ¡Al fin el estilo Luis XVI-rústico-chic desaparecerá de nuestras vidas! Voy a comprobarlo y a comer unas albóndigas. No sea que se agoten y decidan no producirlas más. La comida me pierde. Ahora vuelvo.

 

 

Omaygad.

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